Experiencias extrañas: con un Ford Orion de tramos

Pongámonos en situación. Año 2010. Todavía no tenía el Clio 197 que tantas alegrías me ha dado hasta ahora (y seguirá dando durante un tiempo al menos), de hecho, aún ni me planteaba la idea de poseer un “pepino” por el estilo. Hacía menos de un año que me había sacado el carnet y por fin iba a tener un coche que podría considerar mío, a pesar de que en realidad sería de toda la familia; un Ford Orion Ghia, con un motor 1.6 de 16 válvulas que rendía 90 caballos cuando salió de fábrica en 1993, de los cuales unos cuantos se habían “escapado” para no volver.

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Éstas son las espectaculares vistas que ofrece el Orion. Muy noventero todo.

El coche había sido de mi tío (en casa no hemos tenido coches nunca) y ya lo había podido conducir de lunes a viernes mientras mi tío se informaba sobre el que sería su próximo coche. Así pues, el quemado de la familia ya tenía su primer “hierro”.

Hasta entonces ya lo había “provocado” para buscarle las cosquillas y de paso aumentar la diversión, pero nunca lo había llevado al límite, (es lo que pasa cuando el coche no es tuyo) hasta que un día, charlando con un amigo, nos calentamos y decidimos que teníamos que llevar nuestros “cacharros” a un tramo en condiciones; Jaizkibel.

Y fue así cómo dos descerebrados optaron por meter un Fiat Stilo JTD de 115cv y un Orion, a una carretera en la que se disputan rallyes y subidas. Dos locos que aparecieron en un aparcamiento la mañana siguiente con ropa cómoda y muchas ganas de quemar el mundo.

Después de decidir por qué lado de la montaña subiríamos, partimos hacia ella. Tras un recorrido de media hora de autovía salpicada con un poco de ciudad que serviría para calentar el motor, llegamos al tramo. Dejamos hueco con respecto a los coches que nos precedían, bajamos un par de marchas y dimos rienda suelta a nuestra pasión.

Las curvas se sucedían una tras otra a una velocidad que nunca antes había experimentado. Aceleraba en las pocas rectas que había, frenaba lo más tarde posible, reducía y metía volante para trazar la curva al límite de adherencia de los neumáticos. O eso es lo que sentía, porque estoy seguro de que ahora sería capaz de ir bastante más rápido con el mismo coche y en las mismas condiciones, de hecho, no sé ni si llegué a apurar alguna marcha. Curva a curva íbamos recorriendo metros y nos acercábamos a la cima, mientras nuestra adrenalina se disparaba a cotas insospechadas.

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Esto es Jaizkibel. ¿Os imagináis al Orion aquí? Pues estuvo.

Pero poco a poco, comencé a notar cómo los frenos del Orion empezaban a desfallecer (el pedal del freno aumentaba su recorrido y su tacto se volvía más esponjoso), algo lógico sabiendo que delante montaba discos macizos ventilados y detrás tambores. Y todavía faltaba la parte más complicada; la bajada.

Y en esas condiciones tan “especiales” fue como afronté una de las bajadas más locas que he vivido nunca, con los frenos “tocados”, por un tramo sinuoso y desconocido, acompañado por unas manos inexpertas y un coche al que se le atragantan las curvas.

A pesar de que el paisaje que nos rodeaba era precioso, con su verde típico de la zona aderezado con el azul del mar Cantábrico que reposaba a sus pies, yo no podía apartar la mirada de un pequeño muro de hormigón que separaba el asfalto de una espectacular caída que acababa en el citado mar, pues veía que cada vez me era más complicado mantenerme en lo negro.

Obviamente, empecé a jugar con el freno motor ante la posibilidad creciente de salir en los titulares de periódicos y telediarios del día siguiente como protagonista de una locura típica de adolescentes. Ahora sí que empecé a apurar las marchas, cosa que no había hecho a la subida (imaginaos a qué velocidad iría), pero buscaba lo contrario a lo que se busca normalmente al hacerlo. Solo pensaba en llegar entero.

Estoy seguro de que si me hubiese cruzado con algún conductor en aquellos momentos, alucinarían al ver a un chaval con cara de velocidad y sufrimiento, mientras sudaba (literalmente) para seguir de una pieza. La verdad es que estoy seguro de que mi cerebro no tendría tiempo para detenerse en sus caras.

Y llegué abajo, sano y salvo, casi ni sé cómo. Paré en una cuneta junto a mi amigo (que se había escapado con su calamar) y empezamos a comentar la jugada, mientras en nuestras caras se dibujaban sonrisas de orgullo, satisfacción, nerviosismo y alivio. Comprobamos que ambos coches tenían las llantas a una temperatura ideal para freír huevos mientras asimilábamos la “proeza” que habíamos realizado.

Habíamos hecho algo que supuso nuestro estreno en los tramos y no nos había pasado nada. Habíamos puesto nuestras máquinas al límite (o eso creíamos). Habíamos vivido una experiencia que jamás olvidaríamos.

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Lo creáis o no, el Clio podría aprender del Orion en ciertos aspectos. ¿En cuáles? Pues en la dirección con asistencia hidráulica, la posición de conducción y el peso.

Personalmente, aquella locura juvenil me sirvió para darme cuenta de que tenía mucho (muchísimo) que aprender. Me sirvió para ver que saber ir rápido en Gran Turismo no es saber ir rápido en la vida real. Durante los siguientes años el Orion me serviría como base para crecer como conductor, pues me obligaba a aprovechar cada caballo, a anticiparme a lo que venía (no había motor, frenos ni chasis que me ayudasen). Me sirvió para llegar mucho más “maduro” a los mandos del Clio que conduzco ahora.

Ese Orion, que tantas alegrías me dio, sigue en nuestra familia todavía, y es el coche escuela de mi hermano pequeño. Ese Orion, tan cutre sobre el papel (y sobre el asfalto también, para qué engañarnos) es el segundo coche en el que me monté en mi vida (el primero fue un Seat 1430) y es, con diferencia, el coche en el que más kilómetros he hecho (la mayoría de ellos como pasajero, aunque algunos como conductor también).

A pesar de su torpeza (es, junto con el BMW X3, el coche más torpe que he conducido nunca) es un coche que siempre querré, porque me permitió hacer locuras juveniles, porque me sirvió para aprender mucho de lo que sé ahora, simplemente porque es “mi” coche.

Ahora os toca a vosotros: ¿Cuál ha sido/es vuestro coche escuela?

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18 comentarios en “Experiencias extrañas: con un Ford Orion de tramos

    • Jajajaja, qué curioso, sí. Está claro que muchos hemos empezado con coches “poco dignos”, pero a mí me parece la mejor forma de hacerlo, porque aprecias mejor cuando haces un cambio a algo superior.

      Un saludo, y a ver si nos vemos en la pista! 😉

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    • Tengo un conocido que tiene uno y comenta lo mismo del tema “culeo”. Según me ha contado es muy fácil deslizar de atrás en cualquier rotonda si vas un poco (solo un poco) rápido.

      Muchas gracias por comentar.

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  1. Pues el coche con el que yo aprendí a conducir (sin carnet) fue un R4 fase 1, mi primer coche con carnet fue un R14 q coduje como tú el Orión y luego ya más tarde hasta los 25 o 26 años teníamos en casa un Escort también del 93, era de los primeros TD de 90 cv, que “patada” oiga, turbo de la vieja escuela “todo de golpe” y luego nada. También teníamos un R21 GTX 120cv que andaba muuuuy bien y tragaba en consonancia. Que tiempos!!.
    Emlata.

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    • ¡Menuda lista! Qué envidia.

      En cuanto al Escort TD, unos tíos míos tienen uno. Yo no he tenido oportunidad de conducirlo, pero mis hermanos sí, y dicen que anda bastante más que nuestro Orion. Supongo que será la sensación de la patada del turbo, al estar acostumbrados a llevar gasolinas atmosféricos.

      Muchas gracias por comentar.

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  2. Curiosamente, mi primer coche y el actual son el mismo, un ford orion, tambien 90cv, pero del 92, carburado, como dices es un coche, apriori, muy torpe con suspensiones, frenos y neumaticos de serie, mucho! (Como apunte, llevan disco de 240 alante, pero no macizo, es ventilado en todas sus versiones) pero cuando te pones a jugar con esos factores es un coche muy interesante, no hace falta de llegar a mi locura metiendo el motor 2.0 del escort para hacerlo ir rapido en bajadas.

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    • Buenas. Es cierto, pensaba que los frenos eran macizos, hasta que el otro día solté las ruedas para hacer el cambio de neumáticos y vi, efectivamente, que eran ventilados. Se me pasó corregirlo. Ahora mismo lo hago. En cuanto al motor, el mío es inyección, y sí, también me he planteado hacerle un “swap” a algo más gordo, bajarlo y endurecerlo y mejorarle los frenos. El problema es que ya no sería mi Orion, y eso me apenaría mucho. Además, para el uso que recibe (básicamente ejerce de electrodoméstico de transporte) no merece la pena semejante lío. Muchas gracias por comentar!

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      • Lo primero felicitaros por la entrada, se nota como vais mejorando. Yo también he empezado con el Orion de mi padre, en mi caso un 1.6 carburado como el de JsR del 91 pero con unos pocos cv de más, ya que se cambió el carburador original por el doble cuerpo del Sierra (así come también el maldito) y la verdad es que no se mueve mal (1030kg en ficha). Como decís, es torpe como él solo, así que ahí ando mirando unas suspensiones y unas ruedas, nada bestia, solo mejorar un poco ese fallo. También es verdad lo que dices, que muchos deberían aprender de él alguna cosa, como el tacto de los pedales o la dirección (eres un vago, con lo que mola la dirección resistida xD). Es un coche de esos que sin ser bueno, se hace querer. Saludos

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        • Lo primero, muchas gracias por comentar. Me alegro de que te haya gustado el artículo, y de que veas que vamos mejorando poco a poco, señal de que los kilómetros que vamos acumulando en esta andadura están cundiendo. 😉

          En cuanto al Orion, yo también pensé en hacerle algunas mejoras, pero me daría pena que perdiese ese toque patoso tan característico suyo. Está claro que yo también estoy rendido a sus (des)encantos. Parece que se demuestra tu teoría de que se hace querer XD. Un saludo!

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  3. Buena entrada, aunque los verdaderos pilotos empezaron conduciendo japoneses, como un buen Honda.
    Mi primer coche fue un Honda EG4 de 90cv, un verdadero coche escuela con el que aprender a apurar marchas y controlar el chasis, un extremo paso por curva gracias a sus 900kg (vaciado) y unos slicks circuiteros de segunda mano (Costaba calentarlos fuera de circuito pero cuando lo hacían eran puro chicle).
    Aún recuerdo aquel día en el que el pequeño nipon ajusticio a un todo poderoso evo VIII, que nada pudo hacer por seguirme bajando en una conocida carretera del norte de España.
    Como bien sabéis, los japoneses son los verdaderos machos alfa del motorsport, por eso actualmente cuento con un Honda EK swap K20 y con un Silvia S13 con muchas chuches.
    Un saludo!

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    • Gracias por comentar. Lo primero de todo, es comentarte que tuviste mucha suerte en poder disfrutar de semejante pelotilla japonesa, ojalá yo lo hubiese podido hacer. Eso sí, ajusticiar a un EVO VIII con el coche vaciado y slicks (imagino que semis) no tiene tanto mérito. Lo suyo, como buen macho alfa que se precie, sería haberlo ajusticiado con un coche tan cutre como el Orion, estando éste de serie; ahí es donde se demuestran las manos 😉

      Por cierto, ¿de qué conocida carretera del norte de España hablas? Es para probarla cuando tenga ocasión. Un saludo!

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  4. Muy buenas:

    -Yo empece con un Corsa GT 1.4 de carburación, el ultimo 1.4 antes de que le pusieran inyección, supuestamente 90cv, que buenos recuerdos tengo de mi pelotilla roja.

    Un saludo y suerte con el blog!!!

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    • Muchas gracias por leernos, por comentar y por supuesto por desearnos suerte 😉

      La verdad es que ese motor debía rendir muy bien en un coche tan ligero como ese. Pena que ya no se hagan coches como ese Corsa, que incluso desde gamas bajas eran divertidos de conducir.

      Un saludo a ti también!

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