Experiencias extrañas: Conduciendo un kart sobre hielo

El pasado 26 de marzo tuve la oportunidad de tener una de las experiencias más peculiares de mi vida, la de conducir un kart… ¡sobre hielo!

Todo empezó cuando un par de semanas antes vi un anuncio en el periódico (sí, en papel) de algo que en un principio me descolocó por completo. No daba crédito a lo que mis ojos estaban viendo. ¿A quién se le ocurrió la locura de sumar un vehículo que ya de por sí es juguetón y hielo? Recordemos que el kart es tan divertido porque básicamente son “4 tubos”, 4 ruedas, un volante, dos pedales y un motor. Carece de suspensión y diferencial, y además cuenta con una batalla corta y un asiento que hace que tu culo vaya a escasos centímetros del asfalto (o hielo, en este caso).

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Así suele lucir la pista de hielo cuando no hay partidos de hockey.

Tras hablarlo con los amigos y mi hermano, decidimos que teníamos que probarlo (sí, era una obligación), así que reservamos la tanda.

Y así fue como un día de marzo, tras haber pasado muchos días de frío helador, tres descerebrados se juntan para meterse en una caja con un cubito de hielo enorme como pista en el único día caluroso en meses, sobre la cual intentaríamos rodar lo más rápido posible, mientras luchábamos contra la física.

Lo mejor de todo es que seríamos los primeros del día en conducirlos, con lo que serviríamos como referencia a los que vinieran después, o simplemente como objeto de las mofas para aquellos que simplemente iban a pasar la tarde, sobre todo si nuestra conducción no estaba a la altura. La presión iba en aumento.

Después de rellenar el papeleo, nos acercamos a los karts para poder apreciar con más claridad a lo que nos enfrentábamos. Obviamente, y a diferencia de cualquier otro kart, estos disponían de neumáticos con tacos, con lo que teníamos algo de ayuda. Su pequeño motor eléctrico (no conducía un coche eléctrico desde que monté en mi “correpasillos” eléctrico cuando tenía 3 años), que en asfalto se nos quedaría (muy) corto, nos daría más de un “susto” con total probabilidad.

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Karts y hielo; la extraña pareja.

Mientras íbamos comiéndonos el coco sobre cómo sería la conducción, nos pusimos al lado de la pista de hielo para ver cómo montaban el circuito. Hubo un momento de pánico al pensar que simplemente sería un óvalo al más puro estilo NASCAR. Por fortuna, en seguida vimos que introducían chicanes para dar más pimienta al asunto.

Además, algunos de los que “construían” el trazado (delimitado por segmentos conformados por tres tubos de plástico corrugado dispuestos en forma piramidal) probaban con los karts la viabilidad de lo que habían montado (vamos, si era posible pasar por ahí o no), con lo que pudimos comprobar que, efectivamente, tenía que ser muy divertido conducir un kart de lado mientras buscas ir lo más rápido posible.

Y llegó la hora. Nos pusimos el casco, nos sentamos en los karts y “arrancamos”. Disponíamos de 5 minutos para dar todas las vueltas que pudiésemos. Después de una primera vuelta de reconocimiento, nos calentamos y empezamos a ir cada vez más rápido, enlazando cruzadas y cómo no, haciendo algún que otro trompo. Nos habían explicado que para dar la vuelta en esos casos y volver a mirar en el sentido correcto, había que pulsar un botón que nos haría ir marcha atrás. Sin embargo, entre que oímos a medias las explicaciones y que en el momento calentón uno no piensa con la claridad que debiera, nuestro método consistía en dar más “gas” para enderezarnos, como hacen los F1 para dar la vuelta.

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Dando “gas” a tope y girando el volante para provocar el sobreviraje.

Para cuando ya lo teníamos “por la mano” e íbamos a tope, se nos acabó el tiempo y tuvimos que bajar. Se nos hizo muy corto, sobre todo al estar acostumbrado a rodar 20 minutos cuando vamos a tandas en asfalto. Eso sí, vamos a repetir, seguro.

Repetiremos porque nunca nos habíamos divertido tanto yendo tan despacio, porque para ir rápido en hielo tienes que conducir de forma “contraria” a la que empleas para ir rápido en lo negro y eso también mola, porque, aunque parezca mentira, incluso tuvimos un poco de agujetas al día siguiente, señal de que íbamos luchando con el coche todo el rato y porque, amigos, llevamos gasolina en las venas, y nos mola todo lo que lleve cuatro ruedas y proporcione diversión, aunque el aparato en cuestión esté impulsado por electrones.

Aquí tenéis la on-board de la experiencia:

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